Rodajas
Tengo 38 años y ya hace tiempo que me di cuenta de que la nostalgia no es ni buena ni mala; es inevitable. Uno tiende a mirar atrás, aunque no le sirva de nada, a lamentarse de que muchas cosas ya le han pasado, que ese tiempo no volverá y que el que le queda es menos.
Antes no fuimos necesariamente ni más felices ni más inteligentes, pero indudablemente sí fuimos más jóvenes. Y como el humano, por lo general, se resiste a su destino, que su mente le transporte atrás en el tiempo le produce una atroz mezcla de sentimientos.
A mí me pasa a menudo. El otro día vi un Madelman en una exposición de juguetes antiguos. Era el espeleólogo, quizás lo recordéis con su mono blanco y su casco del mismo color en el que sobresalía un punto rojo que simulaba ser la luz. Tuve ese Madelman, que años después, cuando ya era más mayorcito, fue a parar a una caja y de ahí, pues supongo que a la basura.
No ha sido ése el destino de mis discos de vinilo, por más que algunos me lo hayan recomendado. Siguen ahí, en las estanterías, y a veces pasan por el plato que compré hace casi quince años, que funciona sólo a ratos. Allí seguirán por la sencilla razón de que me da la gana de que así sea.
Tendré como 400 vinilos, los más antiguos de principios de los ochenta, cuando me picó en serio la afición por la música. Ésos son los que tienen más historia. 'The River', de Springsteen, lo pillé en 1981 con un dinero que mi padre me dio para ir a la Feria. Preferí quedarme en casa dos noches y mereció de sobra la pena. Es un disco doble que escuché casi continuamente durante meses. Nada más acabar la cuarta cara, ya estaba volviendo a poner la primera. Ahora suena a cascado y cuando lo he vuelto a pinchar me he dado cuenta de que, sencillamente, ese disco y yo hemos crecido juntos. Tenemos una historia en común.
Lo mismo podría decir del 'London Calling' de The Clash. Una primera copia, que compré a un compañero de instituto en Ceuta en 1981, simplemente ya no suena, de gastada que está. Años después, en Madrid, volví a adquirirlo. Y en 1992, Andrea, un amigo italiano, tuvo el detalle de regalármelo en cedé.
'Slow dazzle', de John Cale, o 'The confessions of Dr. Dream', de Kevin Ayers, me trasladan forzosamente a los ya cerrados almacenes Mérida de Algeciras. Los oigo ahora y me veo en la cola de un 7 de enero, cuando empezaban las rebajas y pugnaba codo con codo con las marujas y con mi amigo Tinín para llegar antes a la sección de discos. Aún no sé cómo lo hacían, pero allí tenían maravillas a precio de ganga.
'Jumpin' in the night', de los Flamin' Groovies, lo compré en una tienda de Torre del Mar, en una cubeta repleta de canción española y pasodoble donde jamás pensé que pudiera encontrarlo. En Córdoba, en 1985, me angustié seriamente ante la posibilidad de que se me derritieran el 'Eden' de Everything but the girl y el 'Diamond life' de Sade.
En la calle, por aquellos tiempos, no era nada raro verme con discos bajo el brazo, que podían ser míos o prestados por mis proveedores -especialmente por mi primo Juanjo- para grabarlos en esas cintas TDK de hierro de 90 minutos en las que cabía uno por cara.
También recuerdo mi primera impresión al ver un cedé, que fue de espanto. Era una portada ridículamente pequeña, en comparación con aquellas a las que estaba acostumbrado. ¡Y además de más pequeños, también eran más caros!
Prometí fidelidad al vinilo, aunque al final, como casi todos, preferí el cedé, por comodidad y por economía. Porque, al fin y al cabo, sonaba mejor una copia en ese formato que en la cinta TDK de hierro, más cascada a cada escucha.
Pero me saca de mis casillas que alguien se refiera a los vinilos como 'discos antiguos', como me dijo una vez un vendedor en Málaga. Me jode que acaben en el fondo de un armario, que la gente se deshaga de ellos como de un trasto inservible. Esos discos son mis amigos; jamás podría hacerles algo así.
Antes no fuimos necesariamente ni más felices ni más inteligentes, pero indudablemente sí fuimos más jóvenes. Y como el humano, por lo general, se resiste a su destino, que su mente le transporte atrás en el tiempo le produce una atroz mezcla de sentimientos.
A mí me pasa a menudo. El otro día vi un Madelman en una exposición de juguetes antiguos. Era el espeleólogo, quizás lo recordéis con su mono blanco y su casco del mismo color en el que sobresalía un punto rojo que simulaba ser la luz. Tuve ese Madelman, que años después, cuando ya era más mayorcito, fue a parar a una caja y de ahí, pues supongo que a la basura.
No ha sido ése el destino de mis discos de vinilo, por más que algunos me lo hayan recomendado. Siguen ahí, en las estanterías, y a veces pasan por el plato que compré hace casi quince años, que funciona sólo a ratos. Allí seguirán por la sencilla razón de que me da la gana de que así sea.
Tendré como 400 vinilos, los más antiguos de principios de los ochenta, cuando me picó en serio la afición por la música. Ésos son los que tienen más historia. 'The River', de Springsteen, lo pillé en 1981 con un dinero que mi padre me dio para ir a la Feria. Preferí quedarme en casa dos noches y mereció de sobra la pena. Es un disco doble que escuché casi continuamente durante meses. Nada más acabar la cuarta cara, ya estaba volviendo a poner la primera. Ahora suena a cascado y cuando lo he vuelto a pinchar me he dado cuenta de que, sencillamente, ese disco y yo hemos crecido juntos. Tenemos una historia en común.
Lo mismo podría decir del 'London Calling' de The Clash. Una primera copia, que compré a un compañero de instituto en Ceuta en 1981, simplemente ya no suena, de gastada que está. Años después, en Madrid, volví a adquirirlo. Y en 1992, Andrea, un amigo italiano, tuvo el detalle de regalármelo en cedé.
'Slow dazzle', de John Cale, o 'The confessions of Dr. Dream', de Kevin Ayers, me trasladan forzosamente a los ya cerrados almacenes Mérida de Algeciras. Los oigo ahora y me veo en la cola de un 7 de enero, cuando empezaban las rebajas y pugnaba codo con codo con las marujas y con mi amigo Tinín para llegar antes a la sección de discos. Aún no sé cómo lo hacían, pero allí tenían maravillas a precio de ganga.
'Jumpin' in the night', de los Flamin' Groovies, lo compré en una tienda de Torre del Mar, en una cubeta repleta de canción española y pasodoble donde jamás pensé que pudiera encontrarlo. En Córdoba, en 1985, me angustié seriamente ante la posibilidad de que se me derritieran el 'Eden' de Everything but the girl y el 'Diamond life' de Sade.
En la calle, por aquellos tiempos, no era nada raro verme con discos bajo el brazo, que podían ser míos o prestados por mis proveedores -especialmente por mi primo Juanjo- para grabarlos en esas cintas TDK de hierro de 90 minutos en las que cabía uno por cara.
También recuerdo mi primera impresión al ver un cedé, que fue de espanto. Era una portada ridículamente pequeña, en comparación con aquellas a las que estaba acostumbrado. ¡Y además de más pequeños, también eran más caros!
Prometí fidelidad al vinilo, aunque al final, como casi todos, preferí el cedé, por comodidad y por economía. Porque, al fin y al cabo, sonaba mejor una copia en ese formato que en la cinta TDK de hierro, más cascada a cada escucha.
Pero me saca de mis casillas que alguien se refiera a los vinilos como 'discos antiguos', como me dijo una vez un vendedor en Málaga. Me jode que acaben en el fondo de un armario, que la gente se deshaga de ellos como de un trasto inservible. Esos discos son mis amigos; jamás podría hacerles algo así.
Guillermo Ortega

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